Falleció el escritor Gabriel García Márquez

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El escritor Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 6 de marzo, 1927) falleció la tarde del jueves 17 de abril en su casa de la Ciudad de México. El presidente de México, Enrique Peña Nieto; el titular del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, y cientos de artistas, escritores, amigos y lectores expresaron el pésame a la familia por la pérdida de uno de los escritores más importantes en la historia de la literatura.

Con esta partida, Gabo (conocido así por familiares y amigos) deja querencias y amores, una patria natal y muchas adoptivas; deja familias, como los Buendía, quienes vivirán eternamente arropados en el libro Cien años de soledad, así como fulgores y oscuridades en los ámbitos a los que se dedicó en cuerpo y alma como la literatura, el periodismo y el cine.

Una vida a través de muchos mundos

El buen humor-mal humor de García Márquez fue siempre legendario. Podía lanzar diatribas amargas contra algún periodista que tratara de sortear su consigna de no conceder entrevistas, y segundos después sonreír y sacarle la lengua en son de tregua.

Aquella personalidad tenía mucho de sus raíces, de su contacto con una familia tan extraña, fantástica y arquetípica como los personajes de sus libros.

A una de sus tías, Francisca, le gustaba tejer. Todos los días el niño Gabriel le preguntaba por aquella colcha a la que había dedicado varios meses de trabajo. La mujer le contestaba que era una alfombra mágica para emprender un viaje. El día que el niño Gabriel vio la tela terminada fue en el funeral de Francisca. Era la sábana mortuoria con la que ella había pedido ser envuelta poco antes de suicidarse.

Enigmas humanos como ese calaron hondo en alma de aquel pequeño nacido en Aracataca, quien lejos de sus padres que vivían en Riohacha por cuestiones de trabajo, encontró su principal refugio en su abuelo, el ex coronel Nicolás Márquez, a quien todos los días bombardeaba con preguntas sobre la existencia, sobre la vida y la muerte, acerca de las personas que parecían sufrir tanto aún teniéndolo todo.

Tras la muerte de su abuelo regresó a vivir con sus padres, pero la adolescencia ya estaba a la puerta y Gabriel es enviado a diversos internados para concluir la educación básica y más tarde el bachillerato.

Como todo joven ajeno a la era de la televisión, Gabriel se refugió en los libros de aventuras como Viaje al centro de la tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, De la tierra a la luna, Moby Dick, pero sobre todo en los universos de Emilio Salgari a quien reconoció muchas veces como su primer amigo cálido e incondicional en su etapa de estudiante.

Años después, ya instalado en la ciudad de Bogotá para convertirse en abogado, afirmaría: “Los internados grises parecen perseguirme”. Nuevamente la literatura los salvaría del tedio, pero esta vez la de hechura propia.

En las tabernas cercanas a la facultad conocería a jóvenes poetas, artistas, bohemios e idealistas como Álvaro Mutis, Plinio Apuleyo y Camilo Torres, quienes lo animarían a darle cauce a esos cuentos a los que todas las noches dedicaba un par de horas. Sería en el periódico El Espectador donde por primera vez vería la luz una serie de relatos firmados con su nombre.

Irónicamente sus primeros escritos serían confiscados y quemados por la policía tras inspeccionar la pensión de estudiante donde vivía. Sin embargo se salvaron los borradores de algunos relatos y el esbozo de una novela a la que en principio tituló La casa y que años más tarde sería conocida como La Hojarasca.

Después de trasladarse en 1949 a Barranquilla  entró a trabajar como reportero a  los diarios el Universal y El Heraldo de Barranquilla.

Gabriel GM

Su vida en México

La llegada del escritor a México a finales de la década de los cincuenta fue descrito por él mismo, con un sentido del humor muy colombiano, como “el encontronazo entre la guayaba y el chile para dar paso a un nuevo sabor”. Nuestro país fue fundamental en la vida del Gabo “sin los recuerdos que me inspiró México nunca podría haber escrito Cien años de soledad”, confesó en varias ocasiones.

Su primer contacto con la literatura mexicana fue gracias a dos libros que una tarde le trajo Álvaro Mutis llamados Pedro Páramo y El llano en llamas. “Tienes que leerlos para que aprendas como se debe escribir”, le dijo sin saber el impacto que ocasionaría en Gabriel, quien quedó pasmado con la riqueza de estilo de Juan Rulfo.

Comienza la aventura de los Buendía

Un día, Álvaro Mutis  lo llevó de viaje a un paraíso mexicano llamado Veracruz, que se asemejaba mucho a su tierra natal. El escritor se enamoró a primera vista de aquel lugar y decidió al poco tiempo instalarse con su familia en esa cálida región.

Cierta mañana, a bordo de un autobús, mirando los soleados paisajes de tierras jarochas, tuvo la visión de su tierra natal, y más aún, de una historia épica, arquetípica y fantástica desarrollada en el contexto latinoamericano como testimonio de su complejidad, riqueza y diversidad de culturas. Gabriel comenzó a escribir Cien años de soledad. Tiempo después confesaría: “Me sentía poseído, como si mi cuerpo entero y mi alma estuvieran colonizados por la novela”.

Cuando a mediados de 1966 finalizó Cien años de soledad, se confesó desconcertado y desnudo, se preguntaba en voz alta qué iba a hacer en adelante.

En pocos días los editores le respondieron con un contrato y una suma a manera de de adelanto sin precedentes en el mundo editorial de América Latina: 500 mil dólares. Con aquel dinero terminarían finalmente sus penurias económicas. En México, Cien años de soledad no sólo fue recibida con entusiasmo por Carlos Fuentes y otros amigos del Gabo, sino por los mismos lectores cuando vio la luz un 30 de mayo de 1967.

A los 15 días se preparó una segunda edición de 10 mil ejemplares y en toda América Latina había una gran demanda. En México se solicitaron 20 mil ejemplares y en países extranjeros querían publicarla en su idioma. Todos hablaban de la novela ilustrada por Vicente Rojo.  En tan sólo tres años vendió 600 mil ejemplares, y en ocho, aumentó a dos millones, el resto es historia.

GEl otoño del patriarca

Con la partida de García Márquez se va también una de las principales voces que predijeron la omnipresencia de la cultura latinoamericana en todo el orbe.

El coronel no tiene quien le escriba La mala hora (publicadas en 1961 y 1962, respectivamente) son otros de sus títulos, así como El otoño del patriarca (1975) y cuentos como «Isabel viendo llover en Macondo» (1968).

García Márquez también incursionó en el séptimo arte con su labor en el guión de la cinta El gallo de oro, junto con Carlos Fuentes.

El general en su laberinto (1989), Doce cuentos peregrinos (1992), Del amor y otros demonios (1994), Noticia de un secuestro (1996) y Yo no vengo a decir un discurso (2010) son otros de sus trabajos.

En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.




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